4 may. 2013

Un sótano con vistas






“ Un sótano con vistas”



Puede que sea una obsesión. Hacia las ocho de la tarde corto el trabajo diariamente y subido en una banqueta alta, me dispongo a ver pasar la vida de mi calle desde el pequeño ventanuco que a ras de suelo, sirve de respiradero al taller. A esas horas mi ayudante ya se ha marchado, tiene que repartir los cuadros recién enmarcados a las tiendas con las que trabajamos. Me quedo solo, es mi primer descanso del día y como tal, me relajo elucubrando sobre la vida de las personas que pasan por delante de la ventana.

La calle a esas horas, se trasforma en un variopinto trasiego de gente yendo o viniendo, unos esperan y otras, las mas madrugadoras, se quedan en las esquinas o a la puerta de alguno de los viejos edificios que alquilan habitaciones por horas.

Yo desde mi observatorio solo alcanzo a ver parte de los cuerpos de estas gentes. Si pasan rozando mi ventana, veo los zapatos y un poco de pantalón o de las piernas de las mujeres. Pero según se alejan de ella, puedo llegar a divisar hasta la cintura según la talla de cada cual, sobre todo si están en la acera de enfrente. Nunca alcanzo a ver sus caras, quizás esto hace mas interesante el jugar a adivinar o inventar algo sobre sus vidas.

Normalmente, cuando me asomo, las botas de punta inverosímil rematadas en metal barato, ya están en su puesto de trabajo. A veces da pequeños paseos, pero nunca se aleja de la entrada al hotel económico. Lleva unos vaqueros acampanados y fuma mucho, continuamente veo caer las gastadas colillas al suelo, las aplasta con el tacón de las botas que imitan piel de serpiente. Nunca cambia de calzado, es su seña de identidad.

Hay más zapatos que se acercan a las botas, son de tacón alto, altísimo, suelen estar varios minutos unos con otros, a veces llegan a dar unos pasos juntos, entonces las colillas caen al suelo por partida doble. También esos zapatos de grandes tacones, seis o siete pares diferentes, son siempre de las mismas usuarias. Hay unos de color rojo intenso que suelen pasear con las botas baratas mas de lo usual, hasta en ocasiones se acercan tanto que se rozan punta con punta están quietos unos segundos y se separan. Solo ocurre con los zapatos rojos, luego estos acostumbran a ir a la taberna de la esquina (supongo, pues no lo veo) y regresan con dos botellines de bebida, uno en cada mano y lo comparten con las botas de serpiente, al poco suelen desaparecer en el interior del portal acompañados de otros zapatos desconocidos. Las botas de punta plateada siguen en su lugar, al lado de la entrada.

A veces las colillas son diferentes, especialmente cuando se hace de noche. Están aplastadas antes de caer al suelo y desde luego hechas a mano. Para entonces la calle ya es un continuo disparate. Hay gritos, peleas y la puerta de enfrente está continuamente abierta. Entonces queda poca gente paseando a sus perros, es mas, solo les dejan el tiempo justo para que hagan sus necesidades, algunos las recogen, otros nó, pero todos tienen prisa por regresar a casa.

Sobre las diez de la noche suelo dejar de mirar, ya tengo suficiente.

Hoy estuve mas tiempo en el taller observando. Esperé inútilmente la visita del gato del 1ª. No apareció y tuve que retirar la comida del alfeizar de la ventana, no quiero visitas de callejeros. Los viernes se suele asustar, es exagerado el ruido en la calle y hoy ha habido demasiado.

Dos coches de policía aparcaron enfrente de mi ventana, por debajo de sus ruedas he visto como las botas de serpiente subían a uno de los coches, cuando este arrancó, los zapatos altos de color rojo, estaban en la otra acera, en sentido horizontal, sobresaliendo de una manta dorada. El suelo estaba sucio, cubierto de residuos de todo tipo, la sangre que escapaba del cuerpo tendido era roja , tan roja como sus zapatos.

2 comentarios:

  1. Hola, Marisa,
    el relato está bien. Pero está narrado a supervelocidad. Observas desde una ventana de un taller, mientras pasa la vida, hasta llegar a un asesinato. Dejas un final abierto, pero creo que el cuento se queda corto. Desde esa ventana también puedes escuchar la sirena de la policía o el trasiego de la calle. Pero el cuento no está mal.

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  2. Si, tienes razón, he pensado en lo de los ruidos de la calle, pero no lo hize para no alargarme y t.b. para que fuera un retrato desnudo de lo q. ocurre en la calle. Yo lo he pensado como el ojo de una cámara rodando sin sonido. Es un relato para la clase del jueves y se nos pidió contar algo de alguien a través de un objeto q. lo identifica. Esto es lo q. salió...
    Marisa

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