5 nov 2013

FOBIA

    Era una mujer fuerte, grande y gorda, sobre todo gorda. Por alguna razón recordaba a las gloriosas gorditas de Botero, aunque sin el encanto de las pinturas y esculturas del artista...Esta era simple y llanamente una mujer exuberante. Su pelo artísticamente recogido en una especie de moño muy historiado, caía en profunda cascada sobre su redondeada espalda, parte de sus rizos delanteros descansaban sobre sus voluminosos pechos y medio los escondían, medio los realzaban. Sus vestidos de campesina adinerada, amplios y exagerados le llegaban al suelo y esto por una razón u otra condicionaban sus movimientos por lo que se limitaba a dar vueltas sobre si misma de tanto en cuanto. Tenía la boca pintada de rojo pasión y de ella dejaba escapar increíbles gorgoritos, a veces suaves, otras profundos y desgarrados, siempre acorde con el momento que su delirio lo indicara.
    Estaba subida en algo parecido a un escenario en la plaza de un  pueblo, con casas a ambos lados y al fondo unas calles estrechas que llevaban a ninguna parte.
    En medio del gorgojeo, entraban por una de las calles un montón de campesinos que contestaban a coro a la mujer a medida que el canto lo iba marcando, ella, infaliblemente respondía con nuevos gorgoritos  gesticulando aparatosamente  al tiempo que giraba en su continuo movimiento. Más tarde los coros desaparecían por el otro lado de la plaza cantando de nuevo antes de hacer el mutis. Yo nunca asistí al final de esta actuación.
    Doña Rosita era la amiga más cursi de mi abuela, la recuerdo muy bien. Pequeña y delgada, con pelo gris recogido en un moño bajo, vestida de negro y con unos lentes que se abrían con un clic antes de ubicarlos sobre su prominente nariz, y que llevaba colgando de un largo collar negro de azabache, que por cierto, me gustaba bastante.
    A mi siempre me fastidió que me besaran, sobre todo la gente pesada, pero aquel día.
   _ Para que vayas haciendo amistad con la música clásica. Per antes tienes que darme un recordatorio, ese del angelito con las ovejitas. Y también un beso.
    Y yo, venciendo mi animadversión y por el jodido interés, la besé, aun a sabiendas que me pincharía su bigote, a sabiendas que me dejaría tufo a pachulí.
    Ella me entregó aquel paquete, envuelto en papel de manila color rojo, con olor a Doña Rosita. Lo atrapé y salí corriendo.¿Qué por que lo recuerdo? Pues porque mis futuros suegros, me han invitado a la primera opera de este año en el Real y quieren saber si estoy interesada en que nos saquen un abono (a su hijo y a mí) para la temporada. Ellos son grandes aficionados y se desplazan por Europa para ver representaciones en las grandes capitales. Sé que irán a Milán próximamente, ya le preguntaron a su hijo si nos gustaría ir...Y claro, no puedo sacarme a Doña Rosita y su olor a pachulí  de la cabeza.
    El regalo resultó ser una caja de música cursi y estúpida, con la cual yo jugaba de tarde en tarde. No lo hacía para recrearme en la puesta  en escena de la opera, ni para escuchar la música, sí para poner a prueba mi rapidez en cortar la representación. Esto ocurría justo en el momento que la soprano entonaba un canto a todas luces triste y melancólico. En ese instante con un sincronismo digno de mejor empresa y con un toque morboso difícil de explicar, de un golpe seco cerraba la tapa  y todos, campesinos gorda y decorado quedaban encerrados en la estúpida caja que los albergaba. Por alguna razón, esto me producía placer, era mi venganza contra Doña Rosita. Nunca les permitía terminar su pobre actuación.
    Contrariamente al loable propósito que tuvo la amiga de mi abuela al intentar acercarme a la opera en mi niñez, yo, que sin duda esperaba otro tipo de regalo,  a día de hoy todavía no me he reconciliado con las operas, es más, diría que las odio.
    Esta noche tendré que afrontar la situación de una vez por todas. Me juego mucho.








23 oct 2013

El

                    “El hombre que viajaba en metro”     



     Me gusta viajar en el metro cuando la hora punta ha pasado. Me complace  observar a la gente en su diario ir y venir, e inventarme su vida a partir de una cara, un comportamiento o un modo de vestir. Soy escritor y el metro de Madrid es para mí una fuente inagotable de personajes y de historias.
     Antes de comenzar un nuevo relato dedico más de una mañana a la caza de ideas en este lugar y es a partir de las once de la mañana cuando empieza mi ir y venir por la  línea de metro que he elegido previamente. Hoy es uno de esos días. Estoy sentado en una de las esquinas del vagón, muy cerca de la puerta, desde aquí domino  perfectamente el espacio, ya ha pasado el aluvión de gente y los que quedamos, personas sin prisas sin un trabajo aparente que nos obligue a madrugar, parecemos a simple vista gentes relajadas.
     En uno de los asientos dormita un vagabundo, de uno de los bolsillos de su raído gabán sobresale el cuello de una botella de lo que seguro es  vino barato, obviamente  utiliza el metro para resguardarse del frío. No muy lejos de él, un chico con la cabeza rapada vestido de cuero negro no le quita ojo. El chico me produce un profundo desasosiego y sin perder de vista al posible skinhead dirijo la mirada hacia otros puntos del vagón. En un rincón alejado hay una chica sentada de espaldas a mí, hace un rato que intento pensar en una historia que le cuadre, pero no veo su cara y trato de inventármela. Pelo rubio escapando de un gorro de lana tejido a mano sin mucha gracia, abrigo gris con el cuello subido, es todo lo que alcanzo a ver. Lo que atrae mi atención es su quietud, lleva sin moverse unas cuantas estaciones, al menos desde que yo la observo. Se habrá quedado dormida... Me gustaría ver su cara, solo tengo que levantarme e ir hacia ella, pero no, parte de mi juego es adivinar, elucubrar.
    Hay otros viajeros, pero no captan mi atención al menos de momento, son una masa gris sin ningún rasgo peculiar que les saque del anonimato en el que les he agrupado.
   Enfrente de mí un chico vestido de modo informal, -anorak negro, pantalón vaquero, pelo largo y zapatillas de deporte caras-, lee un pequeño libro que conozco muy bien “Firmin”.Sonrío recordando la vida de este roedor ...¡Ojalá yo pudiera escribir un libro así!. Por un momento pienso que puedo entrar en la mente de este lector, en sus gustos ¿Interesantes? ¿Parecidos a los míos?. No sé, lleva unos calcetines un tanto peculiares, de un amarillo rabioso con rayas intercaladas en azul celeste y salpicados de pequeñas calaveras negras. Nada que ver con mi estilo clásico.
     El rapado se ha puesto en movimiento, da unos pasos e intencionadamente tropieza con el borracho pisándole un pie con sus horribles botas puntiagudas. Mis músculos se tensan, pienso en la que se puede organizar, pero por fortuna el vagabundo solo se revuelve en el asiento, cambia de posición y sigue durmiendo la borrachera. Todo el vagón está pendiente de la escena y la tensión se puede cortar, el provocador mira a su alrededor en plan chulesco -  ¡CERDO!- grita. Escupe en el suelo y se dirige a  la puerta mas cercana justo cuando el tren acaba de pararse, se abren las puertas y   abandona el vagón.
    Todos respiramos aliviados, ¿Todos?. La chica “esfinge” no se ha movido, claro que posiblemente no se ha enterado de la escena, está algo alejada y de espaldas...Mejor para ella.
    Acaba de entrar un tipo con una guitarra, de esos que nunca acaban de tocar una pieza completa pues van cambiando de vagón en cada parada. Este se pone a cantar una famosa pieza, hace como si cantara en inglés, pero ni una sola palabra de las que pronuncia es inglés en absoluto, ni ningún otro idioma, ni siquiera es espanglish, aunque le pone empeño. Mi mirada se cruza con la del de los calcetines de calaveras, él también parece asombrado de la puesta en escena, a duras penas contengo la risa, que me sube a borbotones y por poco me asfixia al tratar de evitar la carcajada. El chico de enfrente se da cuenta de mi problema y  mete la nariz en el libro para no reír también, al fin  consigo contenerme como puedo y cuando pasa por mi lado el virtuoso le doy una buena propina, ¡Ha conseguido ponerme de excelente humor!
    Otras gentes van y vienen, pasan al lado de la chica esfinge sin verla, como autómatas resbalan sus miradas inexpresivas hacia el suelo. Ella sigue dormida ¿Se habrá pasado de estación? ¿A dónde irá?. Acaba de entrar un hombre por la puerta cercana a mi favorita, alto con un gabán muy amplio, tal vez excesivamente grande para su tamaño
.   Se  inclina sobre la chica y le dice algo al oído mientras abre su abrigo y saca algo grande, reluciente...
    En un instante el horror se  adueña del vagón, la cabeza seccionada cae rodando por el suelo y los ojos azules de la esfinge por fin me miran cara a cara. Un reguero de sangre va manchando el suelo poco a poco, el pelo de la chica, ahora sin el ridículo gorro de lana, también está ensangrentado. Los pensamientos más absurdos, atropellados, pasan por mi mente. Sin poder de reacción, estamos todos congelados.
     El primero en moverse es el del libro, se ha levantado, veo sus ridículos calcetines, sus zapatillas de marca acercándose  hacia mí.
    -Señores - dice levantando la voz - Les hemos estado grabando, llevamos horas haciéndolo. Lo que aquí ha ocurrido es mentira, la chica es solo una buena replica de látex, el hombre de la catana, el mendigo, el skinhead y el cantante, actores. Todo ha sido una puesta en escena que formará parte de un estudio sociológico sobre el comportamiento humano ante grandes o pequeños sucesos inesperados. Es un programa que  hacemos para una cadena de televisión. Sus reacciones, gestos, todo, nos serán de gran utilidad.

    Ahora solo les pido que nos den su aprobación para que podamos utilizar sus caras en este programa. Les pido disculpas por el engaño y les doy  las gracias.

18 oct 2013

El taller


                          “El taller”        

  
    La sala era grande destartalada, un buen ejemplo de caos organizado. Atestada  con una especie de muestrario de extraños elementos y materiales  esparcidos aquí y allá.
    Las estanterías cubiertas de moldes de escayola  apenas se sostenían en pie. Cabezas, brazos y cuerpos olvidados, cubiertos de polvo, aparentemente abandonados antes de su terminación y ahora,  agrietados, mostraban parte de su estructura interior entre el barro resquebrajado.
    El techo acristalado dejaba pasar la luz del incipiente día. Un rayo de sol se reflejó en el metal que el hombre sostenía en su mano y le hizo volver a la realidad, parpadeó y lentamente dejó caer el  punzón.
   
    Cerró los ojos tratando de visualizar aquel día ya tan lejano en el que todo comenzó. Se vio a sí mismo conduciendo deprisa para atravesar la Casa de Campo en el menor tiempo posible. Hacía tiempo que no le interesaba aquel parque tan deteriorado en los últimos años,   para nada le recordaba al de su niñez, cuando las familias aún podían disfrutarlo sin peligro con encuentros no deseados. Entonces los árboles parecían más majestuosos y bellos.
    La carretera que tomaba para llegar a Somosaguas se había convertido en una especie de ¨take away¨ donde una fila interminable de coches compraba cualquier tipo de mercancía; drogas, mujeres o chicos. El espectáculo era el habitual, pero aquel atardecer algo le llamó la atención y le hizo frenar. La chica destacaba entre todas, su cuerpo  adolescente de proporciones perfectas, estaba semi vestido con una falda que era más bien un cinturón, piernas largas enfundadas en unas medias blancas que resaltaban sobre su piel oscura, sujetas con un minúsculo liguero, zapatos rojos con tacones inverosímiles y  ojos todavía brillantes y vivos...  
     No tardaron en ponerse de acuerdo, él no quiso discutir el precio y ya dentro del coche trató de hacerle entender que solo la necesitaba como modelo y que trabajaría para él tres días por semana posando para una escultura, cosa que le reportaría un buen sueldo que  no debería rehusar. Y Bhagani no rehusó y así comenzó la inesperada relación entre ambos.

    Ella llegaba puntualmente al estudio, se desnudaba y enseguida estaba lista para la sesión. En el primer día  que comenzó a trabajar sobre la estructura que sería el cuerpo de la chica, aquello fue tomando forma, el barro húmedo y viscoso se fue adhiriendo al alambre de gallina empujado con fuerza y rapidez de mano experta y la figura enseguida adquirió vida, sensualidad...
    Entre el escultor y su modelo se desarrolló una comunicación que iba más allá del lenguaje. Ella apenas hablaba español pero se hacía entender lo suficiente para sobrevivir en la calle y ahora, con un trabajo asegurado por algún tiempo, la chica  había iniciado  el aprendizaje de palabras nuevas con un librito que él le había regalado. También comenzó a preparar el té al estilo de su país y él se acostumbró a tomarlo con montañas de azúcar y sin saber muy bien como, se hizo goloso.
    Las semanas pasaban y ella  aún se preguntaba por qué posaba desnuda y con  los zapatos  puestos tumbada en aquella cheslón. Y por qué él la vestía antes de hacer el amor.
    Un día el escultor, comenzó a preocuparse por el futuro de Bhagani, no podía permitir que volviera a su oscuro destino,  no quería aceptar que su obra de arte cayera en brazos de otros, pero era consciente de los muchos años que les separaban y peor aún, del abismo cultural. Ninguno de los dos encajaba en el puzzle de la vida del otro y empezó a obsesionarse buscando una solución imposible.
    Noche tras noche trataba de huir de sus pensamientos y no pudiendo dormir, regresaba  al taller. Con rabia y desesperación añadía o quitaba trozos de arcilla de la escultura,  sus dedos recorrían palmo a palmo las incipientes caderas, los senos redondos,  deteniéndose en los pequeños pezones apenas terminados, y los rehacía de nuevo mientras mentalmente le hacía el amor.
    Cada día se iba angustiando más y más. Empezó a tomar medicamentos para relajarse, y a pesar de estos, trabajando, creando, era del único modo que podía olvidar su preocupación, y modelaba horas y horas, abstrayendo así su mente. Solo cuando descansaba, volvía a tomar conciencia del problema y le daba vueltas y vueltas, así, cuando llegó el momento de finalizar el contrato con la chica, ya había encontrado la única salida.
     Aquel viernes ella había llegado como siempre feliz, despreocupada, cuando vio la figura casi conclusa, palmoteó alegre ¨Bonito, mucho guapa” dijo, y comenzó a desnudarse...
   Cinceles, palos de modelar y herramientas varias se entremezclaban en  la mesa de trabajo, entre ellas una raramente limpia y reluciente con mango de madera torneado a mano y desgastado por el uso. La mano  grande y fuerte del escultor, la agarró.
    Bhagani de espaldas no pudo ver como aquel rayo penetraba en sus costillas una y otra vez y apenas pudo esbozar un grito de sorpresa. Un hilillo de sangre manchó sus labios, ahora más rojos que nunca, hasta convertirse en  vómito imparable.


    El sonido del metal cayendo al suelo le volvió a la realidad. En un instante habían desfilado semanas por su cabeza, se miró la mano culpable aún crispada, se agachó, y sentado en el suelo acunó con mimo el cuerpo sin vida de la chica.
     Más tarde se puso en movimiento. Lentamente esparció un saco de escayola sobre el suelo manchado, una nube de polvo le hizo toser, en segundos el yeso absorbió  el reguero de sangre quedando coloreado de rojo. A su espalda,  la escultura de Bhagani le observaba desde la cuenca de sus ojos vacíos, su mirada le perseguía más viva que nunca, y para neutralizar su presencia, tapó con un plástico su obra.
    En un anexo del taller ajustó la temperatura del inmenso horno de fundición, lo dejó abierto y regresó. Recogió del suelo a la chica y con ella en brazos volvió sobre sus pasos.
    Cerró el horno y programó el tiempo de encendido en  ocho horas. Con pasos vacilantes se dirigió al servicio, del armario sacó la medicación a la que se había hecho adicto, ya en el taller tomó un buen puñado de pastillas  y ayudado por una botella de coñac las tragó de una vez.
     Luego se tumbó en la destartalada cheslón y apuró hasta la ultima gota de licor.









8 oct 2013

"EL ALQUILER"

“El alquiler”



Mis tres huéspedes y mi único amigo se quedaron fuera en el vestíbulo, mientras yo inspeccionaba brevemente el apartamento.

Hacía unos meses que estaba vacío y aunque mi mujer y yo lo habíamos adecentado después de que se marcharan los últimos inquilinos, quería abrir las persianas para que la luz del sol otoñal inundara el salón y también el resto de la casa.

Mi amigo Antonio me había dicho que la gente a la que le interesaba el alquiler por un año eran de fiar, viejos conocidos de su pueblo. De otra manera yo no me hubiera decidido, es más, quería vender, después de aquel desastre que nos había dejado el ultimo vecino. Pero un año pasa pronto se podía intentar de nuevo, venderíamos más tarde.

Olía a cerrado, fui abriendo todas las ventanas del apartamento, inclusive las de la cocina, el dormitorio de servicio no tiene ventana a la calle, solo un pequeño tragaluz que da al patio de vecinos, encendí la luz, enseguida me di cuenta de que algo no estaba en su sitio. Yo tengo una gran memoria fotográfica. Era la silla, la ultima vez estaba justo al lado de la cama, ahora estaba debajo del ventanuco y este, abierto de par en par.

Y...¿esas manchas? Me puse las gafas. No, no podía ser, las limpié con la corbata y me las puse de nuevo... Un reguero de pisadas de color rojo intenso salían de debajo de la cama, seguían por el suelo de la habitación y escalando por la silla se perdían en la ventana.

Pasaron unos minutos, quizá segundos hasta que reaccioné. Me puse de rodillas y levanté con precaución la colcha que cubría la cama. Cuando vi la cabeza ensangrentada el terror me superó, y quise gritar ¡Antonio!. No lo conseguí, mi garganta no lograba emitir sonido alguno.

Esto es lo que conté a la policía. Han pasado seis días desde aquello y no se ha encontrado el resto del cuerpo, tampoco pistas ni huellas de ningún tipo. La policía me ha citado para declarar nuevamente, ya es la tercera vez y por alguna razón que no alcanzo a entender, sospechan de mí.

Antonio me ha aconsejado que lleve un abogado conmigo.



---------------------------------------------------------------



Han sido días, semanas, difíciles. Mi abogado ha conseguido sacarme de la prisión por falta de pruebas. Ahora toca empezar de nuevo. Sé que llevará un tiempo, pero conseguiré que mi mujer vuelva a mí con la lección aprendida.

Sí o sí tendrá que olvidar al que fue su amante. No le queda otra.



Octubre 2013 M. L. Pino



25 jun 2013

"Last drink"


Después me preguntó si tenía sed. Yo me incliné sobre ella y suavemente recogí con mi dedo una ultima gota que le resbalaba por el cuello. Me la llevé a los labios, luego besé los dos pequeños orificios apenas visibles y le dije que no, que mi sed estaba saciada. Le prometí volver y salí volando.

14 jun 2013

Dimitri






Después de tantos años suspendido en el tiempo, solo le mueve un deseo, finalizar con la rutina diaria que le llena de hastío... dormir, dormir, dormir, olvidar una existencia que ha dejado de ser fascinante, convertida ya en una mueca de lo que fue. Ahora nada le une a aquel lugar, al país donde sin freno ha sido testigo de lo bueno y lo malo de este mundo. Su ciclo esta cerrado.

Dimitri sacude el polvo de sus anticuados ropajes, suspira y después de colocar los pliegues de su capa se dirige hacia la salida con pasos vacilantes, se cuida de no resbalar en las desgastadas piedras, ya que la humedad hace casi imposible dar dos pasos en equilibrio.

La noche es oscura, entre las largas ramas de los árboles la luna agazapada se esconde. Los pequeños habitantes del bosque huyen de la sombra, su instinto les avisa del paso del depredador. Él se detiene frente a un inmenso árbol, el leve roce de algo que baja entre las ramas le alerta, la ardilla asoma su hocico tímidamente, mira a un lado y a otro. Dimitri mimetizado con el resto del bosque solo es una sombra más y para cuando el roedor presiente el peligro es demasiado tarde. Unas manos largas, huesudas, le están asfixiando y unos colmillos afilados se han clavado en su garganta. La sombra se limpia los labios con un ajado pañuelo de fino encaje, aquel que hace tiempo sustrajo....

¿Qué le indujo a quedarse con el pañuelo de aquella niña?. No tenía respuesta... Tantas jóvenes a las que había esclavizado y una, solo una, se había librado de su maldición ¿Por qué? No podría explicarlo, solo sabía que un sentimiento diferente y que iba mas allá de su instinto se había instalado en él aquella noche que la conoció. Y se hizo adicto a admirarla mientras dormía y sin darse cuenta, fue su custodio durante décadas, vigilando sus sueños, guardándola de los de su especie.

Cuando Dimitri se dio cuenta que ya nunca mas podría ser lo que siempre fue, dejo de buscar bellas gargantas y desistió de beber la sangre que ya no le producía placer alguno y empezó a alimentarse de roedores. Entretanto su amada se fue haciendo adulta, más tarde conoció como envejecía, mientras él, malditamente eterno continuaba congelado en el tiempo.

Una noche ella ya no estaba, la cama vacía, en el aire olor a cera de velas, a flores y a rezos y lloró o quiso llorar pero no pudo y se dio cuenta de que su existencia sin fin, era ya absolutamente imposible.

Antes de marcharse de la habitación para siempre, se enjugó los ojos vacíos de lagrimas con el pañuelo que le había robado sesenta años atrás...

--------------------------------------

Lentamente Dimitri regresa al castillo después de su ultima caza, tiene que preparar su final, nadie puede ayudarle, solo el podrá hacerlo.

Una estaca afilada será su segunda opción y la deja clavada en la puerta, a la altura de su corazón, por si fuera necesario. La luz del amanecer se filtra por las rendijas de la vieja madera, Dimitri sentado espera y espera. Ahora la claridad entra a borbotones llenando cada rincón de la sala, entonces el vampiro se levanta y abre el portón, el sol le ciega y en ese momento el pánico lo atrapa, siente miedo a la luz, a lo desconocido, al definitivo final, e instintivamente se echa hacía atrás y cierra de golpe. Su capa ha quedado enganchada, aturdido intenta deshacerse de ella, forcejea y resbala. En un instante la estaca ha atravesado su corazón.

Gotas de sangre van cayendo al suelo mezcladas con jirones de lamentos, de recuerdos de batallas y de amoríos sin fin... Sonríe incrédulo y haciendo un ultimo esfuerzo se seca una lágrima que le resbala por la mejilla con un curioso arrugado pañuelo de seda.

7 jun 2013

“Una pizca de locura”




Estaba harto, la falta de comunicación en un mundo saturado de la misma, me tenían al borde de la apatía mas absoluta.

Abrí la ventana y aspiré el aire de la noche, lejos quedaba la ciudad, sus sonidos ambientales me llegaban intermitentemente. Allá, un tren rápido, más tarde una música lejana, en primer plano el piano del tercero A. La noche estrellada me hizo soñar...

Soñé en una tiempo sin ordenadores, sin m.p.3, sin teléfonos. Soñé que alguien me susurraba al oído, acariciaba mi mano y que ese alguien estaba aquí, a mi lado, no tenía que hablarle desde el móvil, ni verlo por el SKY ...Soñé que para comunicarme con NADIE, no tenía que twitear o entrar en el face book...Y lo decidí

No valoré en absoluto las consecuencias y arrojé por la ventana el ordenador, la tablet, el E-book, el escáner y el m.p.3.

Solo entonces pude respirar hondo. Fui a la cocina y me preparé una taza de té, encendí mi vieja pipa, esa que tenía semi - abandonada por la falta de lugares donde fumar y me senté en el salón. Cogí un libro desgastado por el uso, y me dispuse a releerlo.