11 abr 2014

“Un huevo de Pascua con sorpresa”



Los niños salieron corriendo de la casa. Aunque el día era lluvioso y triste, ellos, ni lo notaron. Tuve que perseguirles con las botas de goma en una mano y los impermeables en la otra. Su padre ya había puesto el 4X4 en marcha y apenas tuve tiempo de meter todo en el maletero, cuando el coche abandonaba el jardín para dirigirse al bosque cercano.

El día anterior, habíamos estado ocultando huevos y golosinas en la zona que considerábamos “nuestra”. Un trozo de bosque que nadie visitaba, quizás por lo difícil de llegar allí, o por lo que fuere. El caso es que estábamos seguros de que todo lo escondido estaría en su sitio para que los chicos lo encontraran.

La mañana la pasé organizando la comida de Pascua, adornando la casa y preparando la chimenea para asar las castañas. El asado estaba hecho del día anterior y solo quedaba preparar unos sándwiches de pepino para el aperitivo. Los padres de Henry no tardarían en llegar y yo no quería dar pie a mi suegra para que pudiera ironizar sobre el desmadre que según “ella” era nuestra casa.

Llegaron puntuales, tanto, que estoy convencida de que estuvieron esperando en el camino antes de llegar a casa para entrar a la hora acordada. Las doce en punto.

Dorothy trajo su famosa tarta de frutas del bosque, y Malcom no había olvidado su botella de “sherry” para el aperitivo.

Enseguida mi suegro se ocupó en extender la mesa del comedor y me ayudó a poner platos, cubiertos etc. Entretanto mi suegra desgranaba todo un muestrario de quejas, dolores y achaques sin fin, mientras miraba de reojo el reloj de la chimenea, en un mudo reproche a los absurdos horarios de comer, que en mi familia teníamos. Afortunadamente la bocina del coche de Martin, nos avisó de que estaban ya entrando en el jardín de casa. Solo eran las doce y media, tardísimo para mi suegra, normal para nosotros.

Martin júnior, había recolectado montón de coloridos huevos y chuches. Su cesta estaba a rebosar. Denis no había tenido tanta suerte. Solo unas cuantas chocolatinas, tres de los huevos decorados por mí y un cuarto huevo sin decorar, este, bastante más grande de lo habitual estaba cubierto de barro y ramas secas. Yo no lo había escondido, no era nuestro, en todo caso del año anterior...Le dije a Denis que lo tirara al fuego o a la basura.

La comida trascurrió placida y agradable. A la hora del coñac, nos trasladamos todos alrededor de la chimenea. Más tarde, después del té, asaríamos las castañas.



Y de pronto...El grito de Dorothy fue terrible, se había levantado del sillón y señalaba la chimenea con un dedo sin poder articular palabra. No sabíamos que pasaba, pero intentamos calmarla, ella, siguió haciendo grandes aspavientos, y empezó a retroceder tratando de escapar. En su torpe huida se enredó con la alfombra, y su cabeza fue a dar contra el cubre fuegos de bronce de la chimenea. Allí mismo dejó todos sus achaques para siempre.



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La extraña criatura, nacida al calor de la lumbre, está siendo estudiada por científicos especialistas de la N.A.S.A. Estos aun no han determinado a que especie pertenece.

Denis insiste que es su “Gremlin” y quiere recuperarlo a toda costa. Mientras tanto, le hemos comprado una iguana para que se consuele. La llama Dorothy.



M.L. Pino Abril 2014

20 mar 2014

EL JARDIN DE LOS RECUERDOS

“El jardín de los recuerdos”



En “El jardín del Capricho” te topas con todo tipo de plantas, árboles, arbustos. Habitantes peludos de cola larga, pájaros, e insectos y los festivos también con los HUMANOS.

Me dirijo al muro que da a la carretera. Estoy segura de encontrarlas allí.

Esta parte del jardín no es muy conocida, o quizás no es tan apetecida como las zonas de paseo. Esta hay que buscarla, hay que desearla. Yo cada primavera vengo a ella, y rastreo en mis recuerdos mezclados con el perfume de entonces.

Los rosales trepadores cubren la tapia, al otro lado, los coches, las motos, el otro parque.

Los capullos están a punto de abrirse, a punto, pero no lo han hecho. Aspiro el aire, deseosa de que su perfume penetre en mis pulmones. Intento vano, lo sé, pero yo sigo en mi empeño de que las rosas de té, me indiquen con su fragancia, que están aquí de nuevo como cada año. Ansío el aroma de mi niñez.



Entonces teníamos tres o cuatro rosales de los llamados de té. Igualmente trepaban por la tapia (en este caso divisoria con el chalet de al lado) Eran unas rosas más bien escuálidas, con muy pocos pétalos. Realmente no eran muy bonitas. En otro lugar del jardín, papá cultivaba otro tipo de rosas, mucho más apretadas, coloridas, magnificas. Pero no olían igual. El perfume exquisito era el de los rosales amarillos.

Y aquí estoy de nuevo, con la estación recién estrenada, reviviendo aquellos años de niña, de adolescente. Y oigo a mi padre “Corta unas cuantas a mamá, ya sabes que son sus preferidas” Yo apartaba las telas de araña que las defendían bravamente de su más que posible amputación, y siempre me pinchaba al cortar cada tallo, e invariablemente chupaba la gota de sangre de mi dedo, con ese raro sabor a no se qué.



En un recodo de la tapia descubro las primeras rosas abiertas, son pequeñitas casi raquíticas, me acerco y casi tengo que ponerme de puntillas para llegar a ellas, también hay telas de araña, pero no las destruyo, pongo mi nariz entre sus pétalos, el perfume es muy tenue, nada que ver con el de antaño, aun así, aviva mis recuerdos, las acaricio con disimulo, miro a un lado y a otro, no hay nadie por allí. Saco mis pequeñas tijeras y corto tres rosas amarillas, las escondo en mi bolso y escapo con mi pequeño botín. Por el camino tengo que chupar la sangre que resbala de uno de mis dedos.

Hace un día estupendo para ir al otro jardín en el que descansa mamá...



M. Luisa Pino

Marzo 2014

14 dic 2013

Don Quijote (monólogo)





-¡Ay Sancho! Mi viejo y querido Sancho ¿Sabes qué? Estoy melancólico, triste como perro que ya no puede correr detrás de los conejos, ni siquiera de los gatos y achacoso y viejo ya, solo los sueña. Sí, me siento así y no se por qué...Quizás el saber que ya termina otro año me pone triste, me pregunto si en el que viene, las gentes seguirán sabiendo quienes somos o si olvidaran nuestras proezas, nuestras aventuras, si en algún momento dejarán de identificarse con nosotros y de ver en ti y en mí a cualquier español de ahora o de antes.

También las nuevas generaciones me preocupan, igual ya no leen nuestras aventuras. Ahora están demasiado ocupados con las tablets, los móviles y tanto cachivache que les entretiene y pienso ya, nunca les interesarán las hazañas de los caballeros andantes. Ellos ahora tienen héroes extraños, que cuanto más feos son y más barbaridades hacen más admiradores tienen... ¿Sabes? Estoy seguro que piensan que nosotros estamos trasnochados.

Y luego está eso de cambiar cada poco de formas de estudio, para mí, que cada vez van a peor...¡Fíjate que ahora solo estudian su historia y geografía local! No les interesa para nada lo que ocurre fuera de su provincia, que ahora la llaman Comunidad, sabe Dios por qué... ¿No es de locos? Tu piensa que ahora no quieren saber nada del río que no pasa por su pueblo y si pudieran, no dejarían que el suyo siguiera su curso hacia otra “comunidad”...¿No crees que están chiflados?

¡Con lo bueno que es compartir, conocer otros lugares, otras gentes y sentirlas como tuyas y salvar bellas damas de peligros sin fin y siempre dentro de esta querida tierra, que es toda nuestra España! Y recorrerla a lomos de este airoso jamelgo contigo, montando a ese pobre borrico. ¿A que lo hemos disfrutado?. En cambio ahora, los chicos solo piensan en estar conectados a su artilugio último modelo, no les interesa viajar ni frecuentar a nadie y lo más curioso es que creen tener cientos de amigos dentro de esas maléficas máquinas. Y los pobres no conocen a nadie...

No se a tí, pero a mí me gustaría que las gentes siguieran viniendo a visitarnos allá, a nuestra querida tierra de La Mancha y también aquí en Madrid, a estos jardines de la Plaza de España que nos acogen desde hace varios lustros. Que espero no nos la cambian el nombre por algo así como Plaza de la Comunidad Autónoma, de yo que se qué...Porque ¿Sabes? Ahora eso de España, molesta a algunos políticos mentecatos...

Sancho, Sancho, cuanta historia ha pasado ante nuestros ojos, de tantas cosas fuimos testigos desde estos pedestales. Tantos devenires, buenos y malos, que de todo hubo, pero que a fuer de ser sincero yo diría que las más de las veces fueron buenos, porque esta nuestra querida tierra Sancho, con esto que llaman el progreso ha mejorado en muchas cosas. Si amigo, a mi me gusta ser como ahora, estar como estamos, con nuestra diversidad que no es poca, pero sin ser mejores o peores por haber nacido en nuestra querida aldea, en aquel lugar que no consigo recordar el nombre... o en cualquier otro sitio.

Después de todo ¿qué más da? con este mundo que parece se nos ha encogido. Si Sancho, se ha quedado pequeñito...Fíjate, que vienen esas gentes de ojos como rajas de melón recién cortado, de China, que antes estaba lejísimos y ahora, salen de sus casas y en unas pocas horas ya están aquí. Es cosa de magia.

Y esto me hace pensar que somos insignificantes. Antes creía que nuestra tierra era la más grande del universo y yo el caballero más aguerrido de todos los tiempos. Sancho, solo soy un lugareño y nuestra tierra, un granito de arena comparado con el resto del mundo que aunque no lo creas es grande y pequeño a la vez.

Pero todavía hay necios que no lo han comprendido y sostienen que el lugar donde nacieron es mejor que el de al lado y su lengua más bonita y algunos hasta son capaces de matar por esas cosas...Esos me preocupan Sancho, tan trasnochados, tan pueblerinos.

Y a ti ¿Qué te parece todo esto querido amigo? ¿No contestas? Ya veo, los años te han regalado el don de la prudencia...

¡Ay! ¡Qué solo me encuentro a veces en medio de tantas gentes! Y que frío me entra en el corazón cuando olvido que solo soy un pobre chiflado.

¿Otra vez te has dormido? Pues cuando despiertes y veas como te han puesto las putas palomas...



M. Luisa Pino dic. 2013

6 dic 2013

                   “Luces y Sombras”             

    El telón cae y los aplausos del público llenan el teatro. Sube y vuelve a bajar. Ella, continúa tendida en el suelo. Su precioso vestido blanco  poco a poco se  tiñe de rojo y un hilillo de sangre resbala por su corpiño hasta caer al suelo.
    Desde algún lugar escondido entre bambalinas alguien susurra  “Se han pasado con la sangre ¿Cómo limpio yo el vestido para mañana?”
    El telón comienza a subir de nuevo, en ese momento es cuando vuelvo a la realidad.  No sé como, el chico encargado del mismo entiende lo que mis manos dicen y consigo que baje el cortinón.  Me acerco a Yolanda  y la tomo el pulso, es muy leve. En ese momento el punto de luz que nos ilumina se apaga y solo las candilejas dejan entrever lo que es el final de la obra y  el comienzo de una verdadera tragedia.

    Los ensayos habían comenzado tres semanas antes. Estrenábamos a las afueras de Madrid, en uno de tantos teatros que los ayuntamientos patrocinan. Habíamos decidido que haríamos una especie de pre-estreno al aire libre aprovechando un parque que hay en la zona. Queríamos experimentar como el publico de la calle reacciona ante una obra clásica, con una puesta en escena vanguardista.
    Todo fue bien, excepto el calor. En agosto el sol despedía fuego y nos achicharraba a todos por igual. La pobre Yolanda era la que mas lo sufría, con aquel vestido largo, lleno de puntillas y enaguas, tela sobre tela...Aunque se resguardaba debajo de la sombrilla que llevaba, enseguida sus mejillas se convirtieron en dos amapolas y estaba bonita, si, muy bonita a pesar del calor.
    La gente agradecida por la puesta en escena gratis, fue generosa en sus aplausos y esto nos hizo olvidar cualquier contrariedad, que siempre las hay, y satisfechos nos fuimos todos a celebrar lo que parecía iba a ser un éxito seguro. Todos no, Yolanda rehusó venir una vez más...Se marchó con su nuevo novio, el cual no la dejaba ni a sol ni a sombra desde que apareció en su existencia.
    Entre los componentes de la obra, teníamos un pacto, cada cual vivía su vida siempre y cuando no afectara a la marcha del trabajo y aunque el carácter de Yolanda había cambiado bastante desde que conoció a aquel hombre, ella, seguía siendo una buena profesional. Claro que había dejado de ser la divertida compañera de antes, la chica estupenda que me enamoró en el taller de teatro donde nos conocimos años atrás. No había nada que reprochar, si acaso, como podía haberse enamorado de aquel tipo que parecía haber aterrizado de Marte. Pero ese ya no era mi problema. A veces me hubiera gustado averiguar si sabía lo nuestro, si era un hombre celoso. Si la quería tanto como yo la quise...Nunca me atreví a preguntarle nada y el tiempo fue pasando.
    Durante los ensayos en Madrid, tuvimos momentos en los que nos acercamos bastante, casi parecía que habíamos conectado de nuevo, juraría que la chispa había resurgido entre ambos, pero cuando llegaba él, espiando cada movimiento que hacíamos, de nuevo la conexión se cortaba y una especie de frío gélido se instalaba entre nosotros.
     Recuerdo como me sorprendió el día que ensayamos la muerte teatral de Yolanda, el interés que aquel hombre tenía en saber como funcionaba la pistola de fogueo. Entonces me pareció más locuaz que nunca, hasta se enfrascó en una larga conversación con el chico de atrezo que preparaba el arma  y le comentó que quería  dedicarse a los efectos especiales en el mundo audio visual...
    ¿Por qué pienso en  todo esto?  ¿Por qué tengo en mi mente fotografiado aquel  momento? Allí sigue el recuerdo congelado en mi memoria y aún puedo ver su mano acariciando la pistola, probándola...

    Ahora el revólver está en el suelo, allí cae cada función, donde  yo lo arrojo después de disparar a Yolanda.
    Ella sigue en el escenario, hace poco que  dejó de respirar.
    Los murmullos del público han ido desapareciendo. Nadie se ha dado cuenta de la tragedia. El teatro debe estar vacío, solo quedamos los de dentro.

    Alguno de nosotros avisará al Samur y a la policía... Seguro que alguien recoge la pistola después de colocarse unos guantes de látex. Es la rutina de la científica. Se dirigirá  hacia a mí...¿Podríamos  hablar con vd?- dirá.
    Y de nuevo un invisible telón caerá  sobre todos nosotros...

M. Pino 2013
























29 nov 2013


                         ¿Vamos a llevarnos bien?

    -¿Pero que te has creído? ¡Has tomado esta casa por un hotel! ¿Donde has estado la noche pasada? ¿Y el día anterior?- Le dije un tanto enfadada. Y seguí...
    -Carolina, tu y yo tenemos que hablar seriamente. Esto no puede seguir así. Sé que tu libertad es lo más importante para tí, pero ¿y yo? No puedo estar continuamente preocupada por no saber donde andas y por qué en ocasiones no vienes a dormir. La convivencia tiene unas mínimas reglas de conducta y hay que respetarlas.- Ella  me ignoraba por completo y yo continué hablando sola...
    -Escucha, acepto que salgas los fines de semana y que hasta algún día de diario regreses tarde ¡pero tanto!...Sabes la cantidad de accidentes de tráfico que de viernes a domingo  llenan de muertos nuestras calles. La gente se emborracha casi por sistema esos días. Además están  la cantidad de gamberros que salen a la calle a fastidiar sin ton ni son y algunos  hacen barbaridades solo por gusto. No me cuentes que estás protegida con tus amigos, para mi que esos van a lo suyo y a saber… Tú eres un bocado delicioso para cualquiera y debes cuidarte.

    Mientras yo hablo Carolina me mira un poco distraída, indiferente, sus grandes ojos no pestañean, no expresan ningún tipo de arrepentimiento, parece que ni me escucha.  El sonido de la radio está muy alto y en el debate de turno están comenzando a subir el tono de lo que empieza a ser una pelea verbal y  tengo que apagarla para seguir con mi rosario de palabras enojadas sin tener que elevar la voz.
    Naturalmente entiendo que cuando se decide tener en acogida a alguien, ya adulto, con un  modo de vida y comportamiento diferente, es muy difícil tratar de reeducar y menos que se acople a tu estilo de vida.  Tampoco hay que olvidar que ella  ya no es tan inocente, solo hace un año que   fue madre primeriza…No obstante creo que va demasiado a su rollo, es terriblemente independiente y a veces  egoísta. No se que qué debo hacer... ¿Devolverla?
   Ella sigue estática, ensimismada, mientras yo me harto de hablar, está mas interesada en mirar fijamente las faldas de la camilla que atender a mi persona.
    ¿Qué hay ahí?. Con cautela subo las susodichas faldas y en un instante un mar de plumas vuelan por toda la cocina, cuando consigo rescatar de las garras de Carolina lo que queda del tordo, este está  muerto.
    Ya entiendo, esto es lo que la ha tenido en vela toda la noche despreciando el calor del hogar.
    Recuerdo que no hace mucho tiempo, solo cazaba de día, ahora también practica este deporte en la noche. Eso sí, siempre tiene el detalle de transportar a casa sus víctimas. Dicen que esto lo hacen para traer un regalo a la dueña de la casa, quizás para mostrar sus habilidades…No sé, yo prefiero que no me traiga tantos pájaros, ratones y culebras, nunca quise tener un mini -zoo.
    Estoy empezando a pensar  que el ver juntas los documentales de naturaleza no es buena idea,  está enseñándole muchas cosas que antes no sabía. Esto unido a los otros programas llenos de violencia y sangre de la tele, están convirtiendo a mi dulce gatita en un cruel depredador que mata no por hambre y si por  deporte.
    “Exactamente como los seres humanos”- parece decirme en su mudo lenguaje,- “ Los animales domésticos llegamos a ser tan domésticos que  imitamos al hombre en todos sus hábitos y a la hora de cazar, también matamos solo por el placer de matar”.
    Irritada conmigo, por no dejar que siga  desplumando al pobre pájaro, majestuosa, sin siquiera dirigirme una sola mirada, pausadamente  se dirige a la puerta de la cocina y se cuela por la gatera, dejándome con la palabra en la boca.



22 nov 2013

UNA FRASE BRILLANTE

      La frase completa era la siguiente : El día que murió se supo que había estado profanando las tumbas de su familia, de su mujer y en la de ella , descansaba desde hacía treinta años”.
     El maestro, impertérrito, dio por terminada la clase después de lo dicho. Los alumnos quedaron alucinados, sin poder de reacción, y pensando como resolver el problema que se les planteaba, se fueron despidiendo y salieron de la clase en silencio.
    En general pensaban que la frase a utilizar sí o sí en su próximo relato o cuento, era cuando menos original, pero un poquito complicada.
    En la calle se despidieron del profesor. Ni siquiera fueron a tomar la cerveza de turno, seguro que más de uno le maldijo en silencio. Ella, obsesionada y no sabiendo muy bien que hacer con la tarea, se fue apesadumbrada a su casa.
     Aquella noche tuvo pesadillas, una tras otra. Vio como el profesor entraba en un recinto lleno de tumbas. Iba vestido con ropajes oscuros, se desnudaba y se metía en un enorme sepulcro. Por alguna razón el sueño se interrumpía y cuando se reanudaba, el docente estaba intentando tumbarse dentro de un nicho, ahora llevaba un extraño pijama de cuadros claramente escoceses, y un gorrito navideño calado hasta las orejas,. Como no  conseguía su propósito de acostarse, enfurecido la emprendía a hachazos con el mármol.  Y otra vez la pesadilla se cortaba y  cuando de nuevo el sueño profundo volvía, la alucinación seguía a lo suyo, disparate tras disparate. Ahora  el hombre está sentado en el suelo, rodeado de trozos de mármol y de un montón de velas encendidas. Entonces saca algo de debajo de la capa y lo coloca en el suelo. Es un envoltorio plateado, lo abre y de este emerge una enorme tortilla de patatas rodeada de pimientos verdes fritos.
    El olor de la tortilla despierta a la durmiente. “¡Solo es una pesadilla!” Se dice a si misma. Ahora se le ha abierto el apetito, recuerda que no ha cenado, la preocupación por no saber que escribir, el miedo al casi seguro castigo corporal del profesor, le quitaron las ganas de comer.
   Se levanta de la cama y va a la cocina. Allí arrasa con todas las sobras del frigorífico, pero no hay tortilla.
  Está amaneciendo una luz tenue se cuela por la ventana, suficiente para que se pueda ver el montón de patatas peladas y cortadas. Ella bate los huevos, mezcla las patatas, la media cebolla cortadita y  pone todo en la sartén. Unos minutos más tarde, ya saborea la tortilla.
    Ahora está mucho mejor, ve la vida de otro modo y toma una decisión que repite como un mantra una vez y otra. “No me voy a acojo...con lo del relato. ¡A la mier...! Este jueves no pienso leer ningún escrito”.
    Y se va a la cama...

15 nov 2013

KATHAKALI

    Aquella no era  ahora  su cara y tampoco  su cuerpo.
    Dos horas antes era un hombrecillo corriente, de esos en los que no se repara aunque  te los cruces cada día en algún lugar. Solo habían pasado  unos minutos y ya no era él.
   Sus coloridos y extravagantes ropajes, los zapatos, todo le daban otra dimensión, pero sobre todo su cara, antes anodina vulgar, había adquirido una personalidad llena de fuerza que resultaba inquietante, especialmente sus ojos, puñales negros, clavándose en los míos y obligándome a desviar la mirada.
   Blanco níveo en su cara, líneas negras, enormes, alrededor de sus ojos, marcas triangulares desde  el comienzo de sus mejillas hasta las sienes y unas cejas grandiosas pintadas sobre las propias perdiéndose en el infinito. Marcaba su barbilla una especie de medio plato de cartón blanco pegado a sus orejas, lentes de contacto, un enorme gorro en forma de estupa y la trasformación estaba servida.
    Cuando el guía me habló de la representación de la danza mítica hindú con más de cuatrocientos años de antigüedad llamada Kathakali y la posibilidad de asistir a la metamorfosis de un mortal a demonio o divinidad, todo ello en directo, con proceso de maquillaje a la vista del público, me apunté rápido y conmigo otras tantas gentes del grupo.
    El teatrito estaba en un barrio apartado de la ciudad de Cochin. Los actores y los otros componentes del grupo teatral, eran gentes que luchaban para no perder la tradición de sus mitos milenarios. No había lujos y pocas ganancias. La puesta en escena era sencilla, pero efectiva. 
   Habíamos  seguido toda la preparación desde la primera fila. Me interesaba sobre manera un maquillaje tan alejado del que conocemos en nuestro mundo occidental y  la oportunidad de hacer alguna pregunta técnica. Realmente me fascinó. Me sorprendió saber que el blanco estaba hecho con cáscaras de huevo según una receta antiquísima.
    Enseguida empecé a tomar fotos, mi cámara atraída por la intensidad que en cada paso del maquillaje iba adquiriendo el actor principal, parecía tener vida propia y se disparaba sola. El zoom, automático, no me permitía hacer otra cosa que apretados primeros planos y empecé a sentirme incómoda. El hombre, ahora demonio, parecía actuar solo para mí. Sus ojos miraban directamente al objetivo y taladraban los míos. Clic, Clic, mi dedo no se despegaba del botón, estaba hipnotizada.
   Al fin haciendo un gran esfuerzo conseguí cerrar la cámara. No podía soportar su mirada que se colaba directamente en mi cerebro a través del objetivo e intenté concentrarme en la obra, cosa harto difícil con la explicación que nos dieron antes de su comienzo en un inglés terrible e imposible de entender. Para librarme de ÉL, dirigí mi vista  al otro personaje y traté de  ignorarle. Pero sabía que sus ojos seguían clavados en mí, que por alguna razón me estaba dedicando aquello. ¿Por qué? Quizás  por el  interés que mostré mientras se maquillaba.
    Me maldije a mi misma, quien me mandaría hacerle preguntas de profesional. ¡Idiota! Eso es lo que soy ¿Y ahora? ¿Como me quito esa mirada de encima?. Cada vez más nerviosa acerqué mi silla de tijera a la del guía y le deslicé al oído alguna tontería. Así sabrá que estoy con el grupo, que no estoy sola.¡Dios que paranoia tan estúpida. Solo es un actor actuando!
    Pero algo en él se salía del personaje, era como si el otro se hubiera apoderado del hombre y sus ojos, carbunclos encendidos me devoraban sin compasión. No se cuanto duró la obra, cuarenta o cincuenta  minutos, lo que es  seguro  que fueron los más largos que recuerdo.
    Por fin el  teatrito se llenó de aplausos largos y sinceros. Nosotros, los guiris, escasas doce personas, poco a poco empezamos a desfilar hacia la calle.
.  Allí respiré hondo. Me había librado de la pesadilla de sus ojos. Dos calles mas arriba el autocar nos esperaba. Comentarios para todos los gustos. Para  algunos una completa estupidez, para otros interesante y los menos decían que había sido brillante
    A mí no me había dejado indiferente en absoluto, es más, tenía una sensación de angustia agarrada al estómago de la que no podía desprenderme.
    Alguien pasó a nuestro lado, un hindú insignificante, uno de tantos. Se inclinó hacia mí  “I´ll see you in the hotel” - “ La veré en el hotel”-  ¡Esa voz, esos ojos! Instintivamente  me cogí del brazo del guía.
   Aquella noche, a pesar de tener pagada una habitación single en un lujoso hotel de Cochin , me las arreglé para no dormir sola.