15 nov. 2013

KATHAKALI

    Aquella no era  ahora  su cara y tampoco  su cuerpo.
    Dos horas antes era un hombrecillo corriente, de esos en los que no se repara aunque  te los cruces cada día en algún lugar. Solo habían pasado  unos minutos y ya no era él.
   Sus coloridos y extravagantes ropajes, los zapatos, todo le daban otra dimensión, pero sobre todo su cara, antes anodina vulgar, había adquirido una personalidad llena de fuerza que resultaba inquietante, especialmente sus ojos, puñales negros, clavándose en los míos y obligándome a desviar la mirada.
   Blanco níveo en su cara, líneas negras, enormes, alrededor de sus ojos, marcas triangulares desde  el comienzo de sus mejillas hasta las sienes y unas cejas grandiosas pintadas sobre las propias perdiéndose en el infinito. Marcaba su barbilla una especie de medio plato de cartón blanco pegado a sus orejas, lentes de contacto, un enorme gorro en forma de estupa y la trasformación estaba servida.
    Cuando el guía me habló de la representación de la danza mítica hindú con más de cuatrocientos años de antigüedad llamada Kathakali y la posibilidad de asistir a la metamorfosis de un mortal a demonio o divinidad, todo ello en directo, con proceso de maquillaje a la vista del público, me apunté rápido y conmigo otras tantas gentes del grupo.
    El teatrito estaba en un barrio apartado de la ciudad de Cochin. Los actores y los otros componentes del grupo teatral, eran gentes que luchaban para no perder la tradición de sus mitos milenarios. No había lujos y pocas ganancias. La puesta en escena era sencilla, pero efectiva. 
   Habíamos  seguido toda la preparación desde la primera fila. Me interesaba sobre manera un maquillaje tan alejado del que conocemos en nuestro mundo occidental y  la oportunidad de hacer alguna pregunta técnica. Realmente me fascinó. Me sorprendió saber que el blanco estaba hecho con cáscaras de huevo según una receta antiquísima.
    Enseguida empecé a tomar fotos, mi cámara atraída por la intensidad que en cada paso del maquillaje iba adquiriendo el actor principal, parecía tener vida propia y se disparaba sola. El zoom, automático, no me permitía hacer otra cosa que apretados primeros planos y empecé a sentirme incómoda. El hombre, ahora demonio, parecía actuar solo para mí. Sus ojos miraban directamente al objetivo y taladraban los míos. Clic, Clic, mi dedo no se despegaba del botón, estaba hipnotizada.
   Al fin haciendo un gran esfuerzo conseguí cerrar la cámara. No podía soportar su mirada que se colaba directamente en mi cerebro a través del objetivo e intenté concentrarme en la obra, cosa harto difícil con la explicación que nos dieron antes de su comienzo en un inglés terrible e imposible de entender. Para librarme de ÉL, dirigí mi vista  al otro personaje y traté de  ignorarle. Pero sabía que sus ojos seguían clavados en mí, que por alguna razón me estaba dedicando aquello. ¿Por qué? Quizás  por el  interés que mostré mientras se maquillaba.
    Me maldije a mi misma, quien me mandaría hacerle preguntas de profesional. ¡Idiota! Eso es lo que soy ¿Y ahora? ¿Como me quito esa mirada de encima?. Cada vez más nerviosa acerqué mi silla de tijera a la del guía y le deslicé al oído alguna tontería. Así sabrá que estoy con el grupo, que no estoy sola.¡Dios que paranoia tan estúpida. Solo es un actor actuando!
    Pero algo en él se salía del personaje, era como si el otro se hubiera apoderado del hombre y sus ojos, carbunclos encendidos me devoraban sin compasión. No se cuanto duró la obra, cuarenta o cincuenta  minutos, lo que es  seguro  que fueron los más largos que recuerdo.
    Por fin el  teatrito se llenó de aplausos largos y sinceros. Nosotros, los guiris, escasas doce personas, poco a poco empezamos a desfilar hacia la calle.
.  Allí respiré hondo. Me había librado de la pesadilla de sus ojos. Dos calles mas arriba el autocar nos esperaba. Comentarios para todos los gustos. Para  algunos una completa estupidez, para otros interesante y los menos decían que había sido brillante
    A mí no me había dejado indiferente en absoluto, es más, tenía una sensación de angustia agarrada al estómago de la que no podía desprenderme.
    Alguien pasó a nuestro lado, un hindú insignificante, uno de tantos. Se inclinó hacia mí  “I´ll see you in the hotel” - “ La veré en el hotel”-  ¡Esa voz, esos ojos! Instintivamente  me cogí del brazo del guía.
   Aquella noche, a pesar de tener pagada una habitación single en un lujoso hotel de Cochin , me las arreglé para no dormir sola.


3 comentarios:

  1. ¡Alucinante, Marisa! ¡Qué transformación! El cuento me ha acojonado sobremanera. Al principio creí que era un superhéroe, pero con los datos de que era un actor de teatro tradicional religioso, la historia se ha vuelto interesante. ¿Te pasó a ti?
    Abrazos, H.

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  2. Pues va a ser que sí...El setenta por cien de lo escrito es real...

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  3. Jopé!!!!
    No me extraña que buscases compañía esa noche.
    Con quién dormiste?

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