19 abr. 2010

Inmortales



Lees distraídamente el periódico mientras tu compañero de viaje parece bostezar al ritmo que le marca el traqueteo inapreciable del tren. Una noticia, sin embargo, remueve violentamente tus recuerdos: La versión original manuscrita y a máquina del famoso poemario "Poeta en Nueva York", de Federico García Lorca, saldrá a la venta el próximo 4 de junio en la casa de subastas londinense Christie's, según publicó este domingo el periódico “The Guardian".
Evocas entonces las imágenes que has visto pasar a través de tu lente indiscreto; imágenes de Nueva York coloridas y llenas de vida, plasmadas en blanco y negro, tomadas en compañía de Weegee, a lo largo de toda la estrecha relación que mantuviste con él.
Él y tú, mostrabais todas las caras de la ciudad como mejor sabíais y te sentías orgullosa por ello. Nueva York en los años 30 y 40 era mucho más que lo que Lorca quiso ver — “y los ataúdes se llevaron a los que trabajaban, Nueva York de cieno, Nueva York de alambres y muerte”—; era un hervidero de sucesos, buenos y malos, alegres y tristes, y hasta cuando nada pasaba, tú y Weegee encontrabais el encuadre perfecto para dar relevancia a un simple trasero de elefante abandonando la pista del circo después de su actuación.
Juntos, codo a codo, en las frías madrugadas neoyorquinas o cuando el calor impedía conciliar el sueño, pasando en vela tantas y tantas noches, corriendo detrás… o delante de la policía, de los bomberos, llegabais siempre a tiempo para plasmar la vida o la muerte en unas cuantas fotografías, robadas las más de las veces y tantas otras apañadas, compuestas, si convenía al sensacionalismo del periódico que en ese momento pagaba.


Sonríes ahora al pensar que hicisteis de todo, aunque no siempre fuera correcto, pero que gracias a ello, hoy cientos de personas, las más de las veces anónimas, son inmortales. Como aquellos niños de Brooklyn que se pasaban el día jugando en la calle, imitando a los chicos duros del barrio, preparándose para una vida encaminada a la perdición y mitigando el insoportable calor con las duchas que se daban con las mangueras apaga fuegos. Sin duda, tu fotografía favorita.


El tren está llegando a su destino y tu compañero sigue sin despertarse. Coges la cámara, que siempre llevas en el bolso, y le fotografías con ternura, en búsqueda de sus sueños, como hicieras con Weegee en aquel otro tren que os llevaba a Chicago para presentar vuestra retrospectiva fotográfica.
Fue la última vez que le viste con vida, de eso hace más de diez años, pero guardas nítido el recuerdo. Su repentina muerte multiplicó, si cabe, el éxito de la exposición. Vuestras fotografías pasaron a ser objeto de culto y solicitadas en cualquier parte del mundo.
La gente se detenía a contemplar una a una cada fotografía. Quizás la de más éxito popular fue aquella de los gánsteres en el coche de policía tapados con sus sombreros y luciendo unos impecables relucientes zapatos negros; o aquella otra del tipo muerto en la calle y con la pistola del asesino aún apuntando al cadáver; ésta quizás compuesta por Weegee, pero eso era secundario para ti.
A la postre lo que importaba era que se hablara, que se discutiera de lo que fuere, making waves se dice en inglés, que se hicieran olas. Y olas levantasteis muchas, siempre buscadas y hasta rebuscadas, como las de las parejas amándose en la oscuridad de un cine de barrio, o el tipo borracho caído en el suelo delante de la taberna que anuncia bebidas alcohólicas.
Un golpe brutal te ha derribado y tu compañero con la cara ensangrentada trata de reanimarte mientras varios vagones son pastos de las llamas. Antes de perder la consciencia te viene a la memoria —ironías del destino— una fotografía que siempre te intrigó y para la que nunca encontraste respuesta: ellos son el señor y la señora Picus mirando como las llamas de un fuego que nunca vemos termina con el bloque de apartamentos donde vivían; tú les enfocas sólo a ellos con tu gran angular, dejando en “flu” cualquier otro detalle de alrededor; la pareja queda en dos planos, el hombre en primera línea vestido completamente y con varios ropajes extra, añadidos e innecesarios, la mujer detrás también vestida en exceso, pero lo más extraordinario de todo es que el hombre encima del montón de ropas lleva una inmensa falda de mujer.
Como un último flash, se te pasa por la mente que tal vez los Picus fueran judíos y que tal vez en el dobladillo de la extraña falda, la señora Picus hubiera cosido sus diamantes, rubíes, etc.…, y qué mejor guardián de su tesoro que su fornido marido. Nunca lo sabrás, los Picus hace tiempo que murieron, como casi todos los personajes de tus fotografías, como varios pasajeros del tren accidentado en el que tú también viajabas y en el que te diste de bruces con la muerte sin haber podido plasmar una instantánea por la que, en otros tiempos, hubieras matado.
Ahora duerme, no queda nada.

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