26 jul. 2010

BUCLE

La quiero, la quiero, la quiero. No me puedo ir, no puedo vivir sin ella.
Pero tengo miedo, ¿Podrá sucederme también a mí?¿Quién lo sabe? Mejor no pensarlo, al menos los años que me quedan que sean a su lado.

Llevamos diez años viviendo juntos, han sido los más felices de mi vida, pero no era necesario, no debía haberlo hecho. Repruebo su actitud mas ¿Qué puedo hacer? La quiero, no puedo vivir sin ella.

Todavía me acuerdo de la primera vez que la vi, tan guapa, tan resuelta, con tanto encanto. Qué mujer, imposible que pase desapercibida. Creo que me enamoré al oírla hablar, tan simpática, tan lista, tan...tan...Y encima preciosa, ¿Cómo no me iba a volver loco por ella?
Coincidimos en varias ocasiones, por aquel entonces ambos estábamos casados, creíamos que felizmente.
No recuerdo haber tenido esos sentimientos por mi mujer, ni tan siquiera al principio de nuestra relación. Mi ex esposa es buena, atractiva, simpática pero ella... Ella es guapa, elegante, lista, deslumbrante...Qué mujer, imposible que pase desapercibida.
Procuré mantener una actitud distante, que no se notasen mis sentimientos. Sabía que era algo imposible y nunca traté de acercarme a ella.
Cada día congeniábamos mejor, estábamos muy a gusto juntos. Me di cuenta de que me trataba de modo distinto al resto de los hombres, se me acercaba, hablábamos mucho. Empezamos a buscar cualquier excusa para estar juntos y nos pasábamos el día llamándonos por teléfono.
Acabó sucediendo lo inevitable, ese primer beso nunca se me olvidará. Nos enamoramos locamente, tratamos de evitarlo pero fue imposible. Dejé a mi mujer, intentando hacerla el menor daño posible. Nunca me había planteado engañarla y era de los que creía que me había casado para toda la vida. Eso, hasta que la conocí a ella.
Antes de separarnos de nuestras respectivas parejas, hablamos mucho de cómo hacerlo. Era un paso difícil pero inevitable, necesitábamos estar juntos. A ella le costaba mucho decidirse, no quería hacer daño a su marido. Lloraba pensando en cómo planteárselo.
Al final no hizo falta. Entonces lo consideré una desgracia que la liberó y le permitió compartir su vida conmigo. Tuve que ayudarla a superarlo, su compañero de tantos años, muerto tan joven en un accidente.
Tardé dos años en enterarme cómo sucedió. Me lo confesó ella, quizás le remordió la conciencia a pesar de lo mucho que nos queríamos y de lo feliz que estábamos juntos. Me dijo que no lo hubiera podido ver sufrir y que era lo mejor para él.

Después de diez años, sigo tan enamorado como el primer día y ella sigue siendo un encanto conmigo. No debería hacer caso a las habladurías, pero no puedo evitar pensar lo que me podría llegar a pasar si realmente son ciertas. Sé que ella no me querría ver sufrir.

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