21 dic. 2010

VIVO

Finalmente, pudimos volar.
Casi lo llegué a dudar, pero pudimos salir de allí.
El desaliño de nuestras ropas y nuestros pelos, la tersura del dolor insufrible de nuestros dedos,
la pestilencia del espacio regular de aquella cueva, la obesidad mórbida de la negrura abyecta de nos rodeaba,
y acomplejaba.
Ni las heladas estalactitas que como puñales pendían sobre nuestras cabezas,
nada de ello
fue óbice
para creerlo.

Al contrario,
el recuerdo más claro del momento más olvidado de nuestra infancia más lejana y feliz, junto con otros mil millones de recuerdos,
las conjeturas de un insólito futuro en el que nada de lo hecho se repetirá jamás,
el tictac del reloj suizo que, como dice el manual, soporta la condiciones más difíciles y adversas,
(doy fe de ello),
mi creencia de que todos ellos, en la espera, se dormían.
Todo ello nos ayudó a conseguirlo, a que finalmente pudiéramos,
cada uno
a su manera,
volar.

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