23 jun. 2010

La confesión

_ Que bonito el funeral padre. Quería darle las gracias por sus palabras realmente emocionantes. Sé que gustó mucho a todo el mundo, incluso a Agustín. Si le hubiera podido oír, le habría encantado.
_ Pobrecito.¡Descanse en paz!
_ Sabe padre, estaba muy cansado y raro desde hacía un tiempo y creo que se merecía un buen descanso, porque con lo trabajador que era. Hasta ¡había dejado de colaborar en la casa! No se lo va a creer, pero últimamente ni recogía la cocina, ni pasaba la aspiradora y cuando ponía la lavadora no le prestaba ninguna atención y claro, el horror estaba asegurado. Ropas de colores cambiantes llenaron nuestros armarios y cuando le regañaba por la falta de atención, llegó a cabrearse más de una vez ¡Incomprensible! ¿No? Y lo peor es que llegó a decirme que la casa era de los dos y que tanto tenía que hacer los trabajos domésticos él como yo. Y que ¡moviera el culo! (con perdón padre). Luego, por las noches, siempre llegaba tarde y cansado, con dolor de cabeza, (a saber) y no cumplía con el sagrado deber del matrimonio...Y esto es pecado. ¿No? Pues eso, que el hombre sumiso con el que usted me casó, de la noche a la mañana se torció hasta convertirse en otro completamente diferente, y el nuevo era un ser insoportable y déspota, un auténtico desconocido y ¿sabe que pienso? Creo que fue por lo del papelito, el hecho de tenerme segura con el certificado de matrimonio le cambió las ideas, estoy convencida de ello y por eso acabó convirtiéndose en un cerdo y no solo por el tamaño de su estómago cervecero, sino por sus actos, sus palabras, por sus insoportables ronquidos ¡que no me dejaban dormir! y aunque yo le daba patadas para que se despertara, lo peor es que me las llegó a devolver... Y hasta tuve que irme a la habitación de invitados. Sí, un desastre padre, el caso es que yo aguantaba pensando que todo esto podría ser algo pasajero. Pero un día encendió un puro, lo hizo a propósito, sabía lo que odio los cigarros y le recordé nuestro pacto de no fumar en casa. Nunca voy a olvidar su mirada cortante cuando a través de una enorme voluta de humo me dijo “¡cállate foca!” No pude contenerme y le insulté.El muy cabrón (con perdón padre) me levantó la mano. Entonces comprendí que aquello era el principio del fin. Pero no, la hija de mi madre no estaba dispuesta a salir en las noticias de la tele como otra mujer maltratada. Tenía que hacer algo. Si mi marido ya no me servía, había que deshacerse de él...
_ ¡Pero hija!
_ ¡Déjeme padre! Me estoy confesando ¿No? Pues eso, me acorde de un anuncio de electrodomésticos en el que una mujer hace una llamada y dos hombres recogen al marido y se lo llevan, porque no funciona. Ya quisiera yo que la vida real fuera también así, pero que va, esta es muy diferente más dura, más complicada. Y me puse a pensar que hacer. ¿Cambiar la cerradura? ¿Decirle que se vaya para siempre? No, no era inteligente, perdería su dinero ¿Darle un cafelito con algún extraño edulcorante?
_ ¡Pero hija!
_ ¡Que se calle padre! Soy yo la de la confesión ¿estamos? Pues eso, había que hacer algo sutil, pero definitivo, que no levantara sospechas...
Una noche llegó tarde y algo bebido, le preparé un baño caliente como a él le gustaba e insistí en que se metiera en la bañera. Me miró algo confuso, no entendía estas atenciones, pero se dejó hacer y yo misma le bañé con mimo, como acostumbraba en otros tiempos cuando éramos amantes. Le di un masajito en la espalda, enchufé el secador y antes de que saliera del agua me dediqué a secarle los cuatro pelos que le quedaban, pero con tan mala suerte que ¡PUF! se cayó el secador dentro del baño... El resto ya lo sabe padre.
_ ¡Pero hija!
_ Pues que me he quitado un muerto de encima y nunca mejor dicho. Y de arrepentirme nada de nada. Otra cosa. Tenía la necesidad de contarle todo esto porque es el único con quien puedo hablar y porque le debía a usted una, padre. Después de todo usted fue quien se empeñó en casarnos con tanta murga de que vivíamos en pecado. Ahora seré una mujer respetada, como usted quería, pero viuda, y le doy las gracias, pues aparte de lo del respeto, me ha quedado un buen dinerito y su jubilación... A la semana que viene me voy de viaje a Cuba. Me han dicho que hay muchos mulatitos con ganas de venir a trabajar aquí. Yo necesito alguien que me ayude en la casa y ¡en tantas cosas!...
Por cierto ¿Quiere que le traiga algo de allí?
_ ¡Pero hija!

5 comentarios:

  1. ¡No había que escribir sobre asesinas! Pues ahí va otro. ¿Y los vuestros? Los espero ¡Ya!

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  2. ¡Pero hija, qué imaginación!

    ¡Bravo!

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  3. ¡Pero hija!
    Que ironía y que sentido del humor.
    Me encanta.
    Admiro tu sutileza y tu crítica social.
    Mis respetos, señora escritora.
    Besos besos besos, muchos besos.

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  4. Me gustó el desarrollo, la confesión es ejemplar.
    Che...de casarse ni hablar.
    Mejor escribir.

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