“¡Cuidado!” fue la primera exclamación que escuché de mi pareja, poco antes de intentar cruzar la calle, hasta que me empujaron hacia atrás. Me salvé de que un autobús, demoledor y desquiciado, me atropellara. Así, conocí a mi mujer.
Después de cuatro o cinco años como novios, ella me confesó que sabía que iba a encontrarme. Estaba destinada a mí, y yo a ella. Si me hubiera atropellado el vehículo de transporte de pasajeros, es posible que mi futuro con ella, se hubiera truncado. Años después de cumplir los votos matrimoniales, todo lo que me vaticinó ella, bajo su control, se había cumplido.
Nuestros negocios prosperaban: ella, con su consulta de videncia, y leyendo el Tarot, o viendo el futuro de las demás personas entre las brumas de la bola de cristal. También vio mis infidelidades; pero no se tomó la revancha, porque sabía que eran aventuras pasajeras. Nos reconciliábamos con sexo, y eso, a pesar de que yo estaba muy harto de conocer el futuro.
-¿Porqué tiene que ser todo tan calculado, cariño?-le preguntaba.
-No quiero perderte-respondía.
-Me vas a perder igual, como sigas diciéndome lo que tengo que hacer.
Detrás de estas palabras, sólo recibía silencio.
Por otra parte, no era gracioso. Me informaba de lo que me iba a suceder con claridad meridiana, pero me hastiaba el hecho de pensar que nada sucedía al azar. De manera que me fui a mi despacho bastante molesto. Como un androide, los proyectos de ese día fueron aceptados. Mi mujer proveía y disponía, y yo sólo era el instrumento de sus vaticinios.
Es posible que yo no tuviera control sobre mi Destino; pero que te aconsejaran todos los días sobre los obstáculos que te encontrarías en tu empresa y en la vida, para mí, se había convertido en una pesadilla. Además, no teníamos hijos, porque la absorbían sus poderes ocultos. A mi mujer vidente le obsesionaba que, el hecho de ser madre, le desaparecieran sus dotes de médium y vidente. Hecho que decidí darlo por absurdo y que la excusa le eximía de responsabilidades futuras.
Tuve que utilizar las herramientas de la matemática, para confundirla, y hacer todo lo contrario, con pequeñas modificaciones en sus profecías; ella me avisó de que podría sufrir pequeños accidentes, que causarían problemas de percepción en sus vaticinios. Y que, esta vez, sí, podía morir, o arruinarme.
-Es un riesgo que hay que correr-respondí.
Nuevo silencio; pero escuché su llanto de niña que, por primera vez, me conmovió. Esa noche triple ración de sexo hasta el amanecer. ¡Ups! Se me olvidó ponerme el preservativo, a pesar del llanto y los gemidos de placer, no lo tuvo en cuenta, o lo dejó pasar.
Tenemos un hijo, y las cosas no van tan mal como ella creía. Sus poderes han disminuido, y procura no aconsejarme demasiado. Sólo cuando pregunto, o tengo mis dudas. Pero algo me dice que está esperando que me atropelle un autobús, porque no puede ver todas las variantes como lo llevaba a cabo con anterioridad. Sospecho que tiene un amante, por venganza, o sencillamente, me odia con ese odio ciego de ciertos ocultistas, por hacerse con el poder.
Después de cuatro o cinco años como novios, ella me confesó que sabía que iba a encontrarme. Estaba destinada a mí, y yo a ella. Si me hubiera atropellado el vehículo de transporte de pasajeros, es posible que mi futuro con ella, se hubiera truncado. Años después de cumplir los votos matrimoniales, todo lo que me vaticinó ella, bajo su control, se había cumplido.
Nuestros negocios prosperaban: ella, con su consulta de videncia, y leyendo el Tarot, o viendo el futuro de las demás personas entre las brumas de la bola de cristal. También vio mis infidelidades; pero no se tomó la revancha, porque sabía que eran aventuras pasajeras. Nos reconciliábamos con sexo, y eso, a pesar de que yo estaba muy harto de conocer el futuro.
-¿Porqué tiene que ser todo tan calculado, cariño?-le preguntaba.
-No quiero perderte-respondía.
-Me vas a perder igual, como sigas diciéndome lo que tengo que hacer.
Detrás de estas palabras, sólo recibía silencio.
Por otra parte, no era gracioso. Me informaba de lo que me iba a suceder con claridad meridiana, pero me hastiaba el hecho de pensar que nada sucedía al azar. De manera que me fui a mi despacho bastante molesto. Como un androide, los proyectos de ese día fueron aceptados. Mi mujer proveía y disponía, y yo sólo era el instrumento de sus vaticinios.
Es posible que yo no tuviera control sobre mi Destino; pero que te aconsejaran todos los días sobre los obstáculos que te encontrarías en tu empresa y en la vida, para mí, se había convertido en una pesadilla. Además, no teníamos hijos, porque la absorbían sus poderes ocultos. A mi mujer vidente le obsesionaba que, el hecho de ser madre, le desaparecieran sus dotes de médium y vidente. Hecho que decidí darlo por absurdo y que la excusa le eximía de responsabilidades futuras.
Tuve que utilizar las herramientas de la matemática, para confundirla, y hacer todo lo contrario, con pequeñas modificaciones en sus profecías; ella me avisó de que podría sufrir pequeños accidentes, que causarían problemas de percepción en sus vaticinios. Y que, esta vez, sí, podía morir, o arruinarme.
-Es un riesgo que hay que correr-respondí.
Nuevo silencio; pero escuché su llanto de niña que, por primera vez, me conmovió. Esa noche triple ración de sexo hasta el amanecer. ¡Ups! Se me olvidó ponerme el preservativo, a pesar del llanto y los gemidos de placer, no lo tuvo en cuenta, o lo dejó pasar.
Tenemos un hijo, y las cosas no van tan mal como ella creía. Sus poderes han disminuido, y procura no aconsejarme demasiado. Sólo cuando pregunto, o tengo mis dudas. Pero algo me dice que está esperando que me atropelle un autobús, porque no puede ver todas las variantes como lo llevaba a cabo con anterioridad. Sospecho que tiene un amante, por venganza, o sencillamente, me odia con ese odio ciego de ciertos ocultistas, por hacerse con el poder.