17 may. 2011

Soliloquio Absurdo y Descendente


En estos días, llueve como nunca, y las gotas de agua, caen como lágrimas en la lluvia, y tú me preguntas, ¿cómo estás? ¿Cómo estoy? Importa si estoy, ¿o no? Y, ¿para qué me lo pregunto? El silencio del invierno no ha lugar al canto de la primavera, ni del verano; he llegado a mi invierno, y no me queda nada. Alguien. Un Alguien preparó ya la copa envenenada, esta rozó mis labios, y ya me estuve muriendo lentamente. Con una lentitud atroz, sufriente, en dónde no se sabe si este invierno del silencio acabará para siempre. Además, no he visto a las naves más allá de esta galaxia, que se me ha quedado pequeña. ¿Importa eso? Si quiero ser, no me basta. Y si no, la respuesta es la misma. Ya nada me basta. Probé del cáliz, y llegaron las lágrimas amargas de juzgarme por lo que nunca he sido. Hay una teoría: ¿y sí soy yo, en fin, un humano de otra dimensión o universo paralelo, y mi historia es diferente de las otras (las variantes); el mismo ser, pero con distinto informe, y si hubo un cambio caprichoso, o esta amargura no es mía, es de otro? Inútil respuesta porque las hay a millones. Y no sé de que estoy hablando. Depuro el cáliz de la existencia, tal como me bebo el agua de mi amargura. ¿De qué crimen se me acusa? De salvar, tal vez, al moribundo, porque el pobre animal se moría. ¿Y ahora he de morir? ¿Qué delito he cometido? Dudo que nacer, pues me nacieron, y aún me lo pregunto: ¿Porqué? No hay apenas respuesta para ello, y el mundo está plagado de criminales que se lavan las manos. Yo no clavé a nadie en la cruz, ni torturé, y ahora soy el acusado que no tardará en homenajear los laúdes del verdugo. Dejaré de ser, sea. Yo no lo he pedido. Juzgado sin conocerme, sin pruebas, o pruebas paupérrimas, sin base. Estoy condenado, y lo sé. ¿Qué duda cabe? Ya el veneno se aproxima a mi corazón, con punzadas de muerte. ¡Ayúdame, Shakespeare! ¡Socórreme, Esquilo! ¡Ríete, Jenofonte! ¡Cállate, Parménides, que esto no va contigo! ¡Cuidado, Sócrates, que te han visto dándote el lote con Platón! Ya nada me basta. No pido una vida tan larga, pero sí en paz. Pero el verdugo ya me dio la copa, y así lo decidió el Juez (Por cierto, que miserable e hijodealgo, que lo mismo lo hace aquí, que en su casa), y no es la primera vez. Buscaba yo la libertad, y con sus injurias me traen la muerte. ¿De qué se me acusa? De adorar dioses paganos, o de traicionar a un Dios que acapara todos los dioses y significados. O de acaparar todos los significados. O de nada. Y me vuelvo a preguntar: ¿Por qué? Y un desierto me invade. Un desierto de invierno. El invierno no me abandona, Horacio, pero tú vives en la inmortalidad absoluta, y yo soy producto perecedero de mi tiempo, porque un dios pagano, Horacio, nos puso fecha de caducidad.
Me acusan, y no puedo acusar. Me enfrento a seres etéreos e invisibles. No puedo luchar contra aquellos que no veo. Mi ceguera es absoluta. No veo. Avanza el veneno. La sangre se encostrece, endurecida, no me circula. Me falta el aire. Apenas puedo respirar, cráneo de Horacio, pues he probado el veneno, como lo probaste tú. Me sumo en la oscuridad, en la más aletargada y fría. Mira: se aproxima con rumbo fijo. Siento el frío del espacio, y el frío de la nada, y ya no siento nada. Me fundo ahora con la nada, con tu cráneo en mi mano; mas cae tu cráneo, y se rompe en millones de pedazos. ¿Muero en un sueño? ¿Qué diálogo he mantenido con mis huesos, con un espacio que ya no ocupo? ¿Soy un dios pagano, o me la han dado con queso? ¡Albricias, albricias! ¡A mí, la guardia, me han envenenado o drogado o nada! Muero, muero, muero. Reposaré mi cuerpo en el sólido suelo, en el frío suelo que acaricia la tierra, para fundirme en la nada con el todo, para ser una nada con todo. Ya mis células han tomado la decisión. ¡Horacio, qué mal amigo eres, la palmaste antes que yo, insensato! Mañana, botellón.

3 comentarios:

  1. Puro soliloquio.
    Ahora bien, y entendedme, no es por putear. Lo más fácil es el soliloquio, la soflama mejor o peor fundada nos sale a casi todos. Lo que hay que currarse es el puñetero monólogo interior, ahí sí que hay que estrujarse la cabeza, y eso que sólo se trata de escribir en un papel lo que, sin ningún esfuerzo, estamos pensando.
    Muy bien, H.

    ResponderEliminar
  2. Gracias, Jose, muchisímas gracias, y sobre todo, por leerme. Es el trabajo que presento el jueves en el Taller. Me ha costado un poco porque me inspiré en Hamlet y Segismundo, y lo quise parodiar. Sé que utilicé algunas palabras o frases intertextuales, pero apenas, lo demás es pura invención. No aparece el personaje, lo he preferido así, pero yo le llamo Hamundo Gislet o Hamlemundo Gislet. El esfuerzo ha merecido la pena.

    ResponderEliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar