23 may. 2010

En la Habana


Seguimos sin hablarnos hasta el malecón. Al llegar, el sol apuntaba por el horizonte, grandioso, muy naranja. La brisa refrescaba nuestros rostros acalorados por las copas, los canutos y las jineteras de la noche anterior. De repente, mi compañero se tiró al suelo y pensé: ¡Está de cachondeo!

Le dije:

_ ¿Qué pasa? ¿No aguantas tanta belleza?

No me contestó. Al ver su rostro me asusté y salí corriendo en busca de ayuda. Cuando llegamos, ya no había nada que hacer.

Lejos de maldecir la decisión de haber pasado una noche loca, pensé:

_ ¡Qué pasada! Yo quiero morirme así.

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